La Bella Easo

El fin de semana pasado fuimos toda la familia a San Sebastián. Íbamos a comer, pero ya que estábamos por allí aprovechamos para visitar a Santi, que está estudiando cocina en la Basque Culinary Center. Además, hemos tenido suerte con el tiempo, porque como nos ha estado cayendo un sirimiri continuo, hemos estado todo el tiempo de bar en bar.

Llegamos el jueves, aprovechando el puente de la Almudena (fiesta en Madrid), sin mucho problema en la carretera, salvo un pequeño atasco al principio a la altura de El Molar, porque habían desviado un carril por obras en los viaductos Hocecillas I y Hocecillas II. Quedamos con Santi en su universidad, nos la estuvo enseñando, y ya empezamos a salivar en la zona de pastelería y panadería.

Fuimos a comer a un sitio cerca de la universidad, El Fogón. Queríamos solo unos bocatas, pero como fuimos algo tarde no les quedaba pan, así que fuimos al menú, en el que me pedí unos tallarines con salsa de queso, que estaban tremendos de buenos, y además nos trajeron un artilugio bastante curioso. Era un rallador de usar y tirar, con un bloque de queso parmesano dentro, girando un poco la tapa se rallaba el queso. Intentamos terminar todo el queso, pero nos fue imposible, solo conseguimos que bajase un par de centímetros.

De segundo pedí unas costillas de cerdo con pimientos de piquillo. Las patatas fritas estaban espectaculares, el pimiento muy bueno, y las costillas también. Algún hueso salió volando al sacarle la carne, pero no hubo que lamentar heridos. Y como ya habíamos comido bastante, de postre pedí una tarta de manzana, que estaba un poco seca, pero rica.

Con el estómago lleno nos dirigimos a visitar la ciudad. Estuvimos en el peine de los vientos, pero como la marea no estaba muy alta, no salía viento por los tubos. Donde no defraudó la mar fue en el paseo nuevo. Las olas rompían con bastante fuerza contra el muro, y el viento de vez en cuando levantaba la espuma hasta arriba (unos buenos 15 metros), mojando a los desprevenidos. Nos asomamos todos los hermanos y mi padre durante un buen rato a la barandilla, para ver si alguno se mojaba, y al final la que casi acaba empapada fue mi madre, que estaba a bastante distancia del muro, haciéndonos fotos y algún vídeo, y una ola cayó un metro detrás de ella. Para cenar fuimos a la Taquería El Cabrón, un burrito de ternera muy bueno, aunque demasiado grande para lo que llevábamos ya encima.

El viernes fue día de ver lo viejo y la zona del puerto, y a comer de pintxos. Como no dejaba de ser un día laboral allí, nos encontramos más de un sitio cerrado, pero los que encontramos abiertos no defraudaron. Tomamos unas croquetas de txuleta que ya nos gustaría tener en la fiesta de la croqueta que se avecina, un pintxo de erizo de mar con el caparazón y todo, unos callos de bacalao en salsa verde, oreja de cerdo, unas costillas kebab, morcilla con huevo de codorniz… Lo bueno de ser tantos en la familia es que al final pedimos un montón de pintxos distintos y probamos un poco de todos. Para terminar nos fuimos a tomar unas quisquillas y unas karrakelas (bígaros, caracolillos de mar) al puerto, mientras disfrutamos de las vistas de la ciudad (a pesar de un señor que se bañó en pelota picada delante de nosotros, bastante desagradable el tío).

Por la noche, para bajar los pintxos, nos fuimos a la Sidrería Salaberria, y eso fue ya el acabose. De entrada nos trajeron una txistorra para abrir el apetito, mientras nos levantábamos a las kupelas una y otra vez a rellenar los vasos de sidra, hasta que el camarero nos dio una botella para que no estuviésemos todo el tiempo yendo y viniendo a por sidra.

Txistorra

Luego nos trajeron unas tortillas de bacalao de un tamaño impensable, que estaban bastante ricas. Eran como tortillas francesas de unos diez huevos, gigantescas. En este momento, después de lo que habíamos comido y bebido, cualquier persona normal habría dejado de comer y se habría echado a dormir, pero nosotros no habíamos ido a rendirnos.

Tortillita de bacalao

Para mi lo mejor de la noche fue el bacalao frito que nos trajeron después, con su cebollita y su pimiento verde fritos también. Además, al toque salado del bacalao le iba muy bien el ácido de la sidra, que por supuesto seguía corriendo como si no hubiera un mañana.

Bacalao frito con pimientos verdes

Decía Santo Tomás que no es gula hasta el desmayo, y acordándome de él vi como nos traían a la mesa sendos txuletones a la parrilla. Piano piano, que dirían los italianos, fuimos poco a poco atacando los txuletones con las últimas fuerzas que nos quedaban. Hay que decir que al final fuimos más fuertes que los txuletones, y ganamos la batalla.

Txuleton a la parrilla

Cuando estábamos ya a punto de tirar la toalla, llegó el postre, queso Idiazábal con membrillo y nueces. Como ya hambre no nos quedaba, nos dedicamos a abrir las nueces de las maneras más originales que se nos ocurrieron. ¡Una hermana mía llegó a abrir una con el trasero, y Santi casi se abre una brecha al intentar abrir una con la cabeza! Al final casi nos acabamos todas las nueces, el queso estaba bien y el membrillo espectacular.

Queso Idiazábal con membrillo

Esta vez sí que me he enrollado, pero es que tenía que comentar un puente entero, no solo una comida. Pues eso, que os dejo una foto (un poco borrosa) de mi tratando de escanciar sidra desde la kupela sin mojarme más de lo que ya lo había hecho el sirimiri. ¡Un abrazo!

Lidiando con la kupela

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